Published On: Dom, May 10th, 2015

Algo de Historia : El testamento de la Quintrala

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Catalina de los Ríos y Lisperguer, conocida por la historia con los apodos de «La Quintrala» y «La Catrala», dispuso su testamento un día 10 de mayo de 1662, legando gran parte de su inmensa fortuna en beneficio de su propia alma, de manera de ser rescatada del purgatorio. Esta forma de testar se originó como consecuencia del gran terremoto ocurrido en Santiago y la investigación que estaba realizando la Real Audiencia sobre sus actos.

Cabe recordar que, la época de la Colonia se identifica normalmente como un período carente de pasiones, pero tras esa calma aparente, en la zona central del Reino de Chile, vivía la familia Lisperguer, una de las más influyentes de esos años, y que a principios del siglo XVII procreó a la enigmática Quintrala.

La impetuosa y sorprendente personalidad de Catalina, entró a la historia, cuando tenía alrededor de 20 años de edad, acusada de haber asesinado a su propio padre, con un pollo envenenado que le ofreció en su lecho de enfermo, hacia 1622. A este hecho se le asocian una serie de otros delitos cometidos durante su vida, entre ellos la muerte de un caballero de la Orden de Malta, a quien invitó a su lecho, donde lo asesinó.

Pero uno de los actos que ha quedado en la memoria y en la historia de nuestro país, es el hecho de que habría arrojado desde su casa a un Cristo tallado en madera, que según ella, la miraba con lástima mientras azotaba cruelmente a algún esclavo y ella no quería ver hombres que le pusieran mala cara.

Los padres agustinos, que tenían su iglesia al lado de la casa de la «Quintrala», lo recogieron y lo pusieron en el altar donde permanece hasta hoy. El escultor de este Cristo fue el fraile Pedro de Figueroa que vivió en Chile de 1604 a 1620, quien talló varias imágenes, bautizando a ésta como «El Señor de la Agonía», de admirable majestad.

Luego, la zona central fue azotada por un gran terremoto el 13 de mayo de 1647, cuando sucedió algo realmente extraño: la corona de espinas que el Cristo tenía sobre su cabeza, cayó hasta su cuello, hecho que lo bautizó como el «Cristo de Mayo», porque según cuenta la leyenda, la corona de espinas descendió hasta los hombros del Divino Crucificado, en forma tal que fue imposible alzársela de nuevo hasta las sienes.

El terremoto aceleró la contrición espiritual de la Quintrala, quien ante tantas contrariedades y signos fatídicos, ordenó proceder a la redacción de su testamento. Adicionalmente, en sus últimos años, la «Quintrala», fue acusada ante la Real Audiencia de Lima, donde le comprobaron ser la autora de más de 40 muertes. Así, en cuanto supo que el tribunal del Santo Oficio estaba por decretar su auto de
fe en Lima, la Quintrala hizo finiquitar su testamento a la brevedad posible.

Pese a tener parientes lejanos, la «Catrala» asignó el grueso de su fortuna a la orden de los agustinos. Estableció que se dijeran 20 mil misas, para lo que dispuso 20 mil pesos. En los días siguientes a su entierro, debían oficiarse otras mil misas, y también mandó se dijeran 500 misas más, esta vez por las almas de los indígenas y esclavos que habían fallecido, debido a sus malos tratos.

Las misas quedaron puntualizadas hasta en el menor de los detalles y la suma dejada por esta sola razón dejó atónita a la sociedad santiaguina. Tan inmensa y elevada fue, que transcurridos más de doscientos años, se le seguían cantando misas en la iglesia de la orden de los agustinos, hasta mediados del siglo XIX.

Mediante otras disposiciones, favoreció a algunos parientes y amigos cercanos. Por último, legó seis mil pesos al Señor de la Agonía o Cristo de Mayo, para seguir realizando la procesión expiatoria de los días 13 de mayo, cuando se recordaba el terremoto acaecido en esa fecha.

Catalina de los Ríos y Lisperguer falleció tres años más tarde, el 16 de enero de 1665, a los 61 años de edad; y cumpliendo con el testamento, sus funerales fueron realizados con una ostentosa pompa, que incluyó mil cirios para la iglesia. Se le vistió con el hábito de San Agustín, siendo sepultada en el templo de esa orden, bajo el altar del Cristo ultrajado.

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